Infolinks In Text Ads

viernes, 26 de julio de 2013

E. F. Benson, El Cuerno del Horror

EL CUERNO DEL HORROR
E. F. Benson

Durante los últimos diez días Alhubel había estado cubierto de sol bajo el radiante clima invernal propio de su altura, superior a los mil ochocientos metros. Desde el amanecer hasta el crepúsculo, el sol (que tan sorprendente resultaba para quienes hasta ahora lo habían asociado con un disco pálido y tibio que brillaba vagamente a través del aire turbio de Inglaterra) había abierto su camino llameante a través de un azul de chispas, y todas las noches la helada serena y quieta había hecho que las estrellas titilaran como polvo de diamantes iluminado.

Antes de la Navidad había caído nieve suficiente para contentar a los esquiadores, y la pista grande, sobre la que nevaba todas las noches, había dado a los patinadores por la mañana una nueva superficie sobre la que realizar sus gracias resbaladizas. El bridge y el baile servían para distraer la mayor parte de la noche, y a mí, que disfrutaba por primera vez de las alegrías de un invierno en Engadine , me parecía que una tierra y un cielo nuevos habían sido iluminados, calentados y refrigerados especialmente en beneficio de aquellos que, como yo mismo, habían sido lo bastante inteligentes como para reservar sus días de vacaciones para el invierno.

Pero en esas condiciones ideales se produjo una ruptura: una tarde un velo vaporoso fue cubriendo el sol, y valle arriba, desde el noroeste, un viento helado que había recorrido millas de distancia sobre laderas cubiertas de hielo comenzó a batir los tranquilos salones de los cielos. Muy pronto se fue cubriendo de nieve, primero en copos pequeños que se movían casi horizontalmente ante el aliento congelado, y más tarde en copos tan gruesos como de plumón de cisne.

Durante los quince días anteriores el destino de las naciones y la vida y la muerte me habían parecido de menos importancia que realizar determinados trazados de las cuchillas de patinaje sobre el hielo con la forma y el tamaño adecuados, pero ahora me parecía que la consideración primordial era la de regresar al hotel buscando abrigo: era más prudente abandonar los giros entre las rocas antes de quedar congelado.

Había acudido allí con mi primo, el profesor Ingram, famoso fisiólogo y alpinista. En la serenidad de la última quincena había hecho él un par de notables ascensiones invernales, pero aquella mañana la sabiduría que tenía para el tiempo le había llevado a desconfiar de los signos celestes, y en lugar de intentar el ascenso del Piz Passug, había aguardado a comprobar si se justificaban sus recelos. Se había quedado sentado por ello en el salón del admirable hotel, con los pies apoyados en las tuberías de la calefacción y la última entrega de la correspondencia de Inglaterra en sus manos. Incluía un panfleto concerniente al resultado de la expedición al monte Everest, que acababa de leer atentamente cuando entré yo.

—Un informe muy interesante—dijo pasándomelo—. Y la verdad es que merecen conseguirlo el próximo año. Pero quién sabe lo que pueden entrañar esos dos mil últimos metros. Casi dos mil metros más cuando ya has subido cerca de siete mil no parece mucho, pero por el momento nadie sabe si la estructura humana puede soportar el esfuerzo a esa altura. Quizás no afecte sólo a los pulmones y el corazón, sino también al cerebro. Pueden producirse alucinaciones delirantes. De hecho, diría que los escaladores sufrieron ya una de esas alucinaciones, de no ser porque sé que no fue así.
—¿A qué te refieres? —pregunté.

—Ya sabrás que creyeron ver a gran altitud las huellas de un pie humano descalzo. A primera vista eso parece una alucinación. ¿Qué hay más natural que un cerebro excitado y estimulado por la altura extrema interpretara ciertas marcas en la nieve como las huellas de un ser humano? A esa altitud todo órgano corporal está esforzándose al máximo para realizar su trabajo, y el cerebro se fija en esas marcas de la nieve y dice: «Sí, tengo razón, estoy haciendo mi trabajo y veo marcas en la nieve que afirmo son huellas humanas». Tú sabes que incluso a la altitud a la que nos encontramos el cerebro se muestra inquieto y ansioso, y me hablaste de la viveza de los sueños que tuviste anoche.

Multiplica por tres ese estímulo con su consiguiente ansiedad e inquietud, y verás lo natural que resulta que el cerebro albergue ilusiones. Al fin y al cabo, ¿qué es el delirio que suele acompañar a la fiebre alta sino el esfuerzo del cerebro para realizar su trabajo bajo la presión de la condición febril? ¡Está tan ansioso por seguir percibiendo que percibe cosas que no existen!

—Y sin embargo no crees que esas huellas humanas fueran ilusiones —dije yo—. Me dijiste que así lo habrías creído de no ser por alguna otra cosa. Se removió en su silla y se quedó un momento mirando por la ventana. El aire se había vuelto espeso ahora por la densidad de los grandes copos de nieve que transportaba el ventarrón del noroeste.

—Así es —añadió él—. Con toda probabilidad eran huellas humanas auténticas.
Espero que fueran las de un ser que se parezca más a un hombre que a cualquier otra cosa. El motivo de que diga eso es que sé que esos seres existen. Incluso he tenido muy cerca a la criatura, llamémosla así, que podría dejar esas huellas, y te aseguro que, a pesar de mi curiosidad intensa, no deseé tenerla más cerca. Si la nevada no fuera tan densa podría enseñarte el lugar en donde la vi.

Señaló por la ventana, más allá del valle, hacia donde se elevaba la enorme torre del Ungeheuerhorn, con el pico de roca tallada arriba como una especie de gigantesco cuerno de rinoceronte. Por lo que vi, la montaña sólo era practicable por un lado, y eso sólo para los mejores escaladores; por los otros tres una sucesión de repisas y precipicios los volvían imposibles de escalar. Seiscientos metros de roca perpendicular formaban la torre; abajo se extendían ciento cincuenta metros de cantos rodados, y hasta el borde de éstos crecían bosques densos de pino y alerces.
—¿En el Ungeheuerhorn? —pregunté.

—Sí. Hasta hace veinte años nadie lo había escalado, y yo mismo, como otros muchos, empleé mucho tiempo tratando de encontrar una ruta en él. Mi guía y yo pasamos a veces hasta tres noches en la choza que hay bajo el glaciar de Blumen, merodeando por los alrededores, y sólo por un golpe de suerte encontramos la ruta, pues la montaña parece todavía más impracticable desde el lado alejado que desde éste. Pero un día encontramos en el costado una fisura larga y transversal que conducía a una plataforma transitable; partía de allí un pasillo de hielo en pendiente que no se veía hasta que lo estabas pisando. Pero no necesité meterme en él.

La sala grande en la que nos hallábamos sentados se estaba llenando de alegres grupos empujados allí por la repentina tormenta y nevada, aumentando el cacareo de las animadas lenguas. Además la orquesta, esa herencia invariable de la hora del té en los establecimientos suizos, había comenzado a afinar los instrumentos para atacar el habitual popurrí de las obras de Puccini. Un momento después empezaban las azucaradas y sentimentales melodías.

—¡Qué contraste tan extraño! —observó Ingram—. Aquí estamos sentados, calientes y cómodos, dejando que estas melodías infantiles acaricien agradablemente nuestros oídos mientras en el exterior la gran tormenta se va haciendo más violenta a cada momento, arremolinándose alrededor de los austeros riscos del Ungeheuerhorn: el Cuerno del Horror, pues eso es lo que fue en realidad para mí.
—Quiero oír toda la historia —intervine yo—. Cada detalle: si la historia es breve, alárgala. Quiero saber por qué es tu Cuerno del Horror.

—Pues bien, Chanton y yo (él era mi guía) solíamos pasar varios días merodeando por los riscos, avanzando un poco por un lado para luego vernos detenidos, y ganando quizás ciento cincuenta metros por otro lado para vernos enfrentados después a un obstáculo insuperable, hasta el día en que, por suerte, encontramos la ruta. A Chanton no le gustaba ese trabajo, por alguna razón que yo no podía ni sospechar. No era por la dificultad o el peligro de la escalada, pues era el hombre con menos miedo que he conocido nunca frente a las rocas y el hielo, pero siempre insistía en que abandonáramos la montaña y regresáramos a la cabaña de Blumen antes del crepúsculo. No se sentía tranquilo ni siquiera cuando habíamos regresado a nuestro abrigo y habíamos cerrado la puerta con una barra, y me acuerdo bien de una noche en la que, mientras cenábamos, escuchamos a un animal, probablemente un lobo, que aullaba en algún lugar del exterior.

Se apoderó de él un pánico auténtico, y creo que no pegó ojo hasta el amanecer. Se me ocurrió entonces que pudiera existir alguna leyenda horripilante acerca de la montaña, relacionada posiblemente con su nombre, por lo que al día siguiente le pregunté el motivo de que se llamara el Cuerno del Horror. Al principio evadió la pregunta y dijo que, lo mismo que el Schreckhorn, debía ese nombre a sus precipicios y a las rocas caídas; pero cuando le presioné un poco reconoció que existía una leyenda que le había contado su padre. Se suponía que había allí criaturas que vivían en sus cuevas, de forma humana y cubiertas de un pelo negro y largo salvo en el rostro y las manos. Su estatura era baja, aproximadamente un metro veinte, pero su agilidad y fuerza eran prodigiosas y debían ser los restos de alguna raza salvaje y primitiva.

Parecía que se hallaban todavía en una fase ascendente de la evolución, o eso conjeturé yo, pues se contaba que algunas veces habían raptado chicas jóvenes, pero no como presa, ni para someterlas al destino de los cautivos de los caníbales, sino para tener descendencia. También habían raptado a hombres jóvenes para emparejarlos con las mujeres de su tribu. Tal como te digo, daba la impresión de que esas criaturas tendieran hacia la humanidad.

»Como es natural no me creí una palabra, sobre todo pensando en el día de hoy. Quizás hace siglos pudieran haber existido esos seres, y por la tenacidad extraordinaria de la tradición las noticias sobre ellos pudieron ser transmitidas de generación en generación y escucharse todavía en los hogares de los campesinos. En cuanto a su número, Chanton me contó que un hombre que gracias a su velocidad con los esquíes pudo escapar para contar la historia vio en una ocasión a tres de ellos juntos. Afirmó que aquel hombre no era otro que su abuelo, a quien una tarde de invierno se le hizo de noche mientras cruzaba los densos bosques que hay bajo el Ungeheuerhorn, y Chanton suponía que aquellos seres habían descendido a altitudes tan bajas buscando alimento por causa de la severidad del clima invernal, pues en todas las otras ocasiones sólo se les había visto entre las rocas de la propia cumbre.

Habían perseguido a su abuelo, que entonces era un hombre joven, a un paso extraordinariamente rápido, corriendo a veces erguidos como hombres, y otras veces a cuatro patas, a la manera de los animales, y sus aullidos eran como el que habíamos escuchado aquella misma noche en la cabaña de Blumen. Ésa fue, en todo caso, la historia que me contó Chanton, y lo mismo que te pasa a ti la consideré como una absurda superstición. Pero al día siguiente tuve motivos para reconsiderar mi opinión.

»Ese día, después de una semana de exploración, fue cuando dimos con la única ruta actualmente conocida hasta nuestra cumbre. Partimos en cuanto hubo luz suficiente para escalar, pues como podrás imaginarte es imposible escalar esas rocas dificilísimas con la luz de la luna o de una linterna. Vimos la fisura alargada de la que te he hablado, exploramos la plataforma que desde abajo parecía terminar en el vacío, y formando una escalera con los picos ascendimos por el pasillo que sube desde allí. De ahí en adelante hay una escalada en roca de considerable dificultad, pero sin descubrir nada angustioso, hacia las nueve de la mañana estábamos arriba. No nos quedamos allí mucho tiempo, pues cuando el sol calienta en ese lado de la montaña se corre el riesgo de que caigan piedras al soltarse del hielo que las sujeta, y cruzamos presurosamente la plataforma en la que las caídas son más frecuentes. Después teníamos que descender por la larga fisura, lo que no era muy difícil, y habíamos terminado nuestro trabajo a mediodía, encontrándonos los dos, como podrás imaginar, en un estado de euforia máxima.

»Se abría entonces ante nosotros una larga y fatigosa caminata por entre los enormes cantos rodados que habían caído al pie del risco. Allí la ladera es muy porosa y se extendían grandes cuevas hasta la montaña. Nos habíamos desatado en la base de la fisura y estábamos deshaciendo el camino como mejor sabíamos entre aquellas rocas caídas, muchas de ellas más grandes que una casa, cuando al rodear una de ellas vi algo que evidenciaba que las historias que me había contado Chanton no eran ningún fragmento de una superstición tradicional.

»A menos de veinte metros de mí estaba uno de esos seres de los que Chanton había hablado. Estaba allí desnudo, calentándose boca arriba con el rostro vuelto hacia el sol, que sus ojos estrechos contemplaban sin pestañear. En cuanto a la forma era totalmente humano, aunque el crecimiento del pelo, que cubría por igual miembros y tronco, ocultaba casi totalmente su piel bronceada. Pero el rostro carecía de pelo, salvo en las mejillas y la barbilla, lo que me permitió contemplar un semblante de bestialidad sensual y malévola que me dejó horrorizado. De haber sido un animal, apenas habría sentido un estremecimiento ante su grosero animalismo; el horror estaba en el hecho de que era un hombre. Estaba allí tumbado junto a un par de huesos roídos, y terminada la comida se relamía perezosamente los labios protuberantes, de los que brotaba como un ronroneo de alegría.

Con una mano se rascaba el pelo grueso del vientre, con la otra sujetaba uno de los huesos, que en ese momento se partió por la mitad bajo la presión de sus dedos. Pero mi horror no se basó en la información acerca de lo que les ocurría a quienes eran apresados por esos seres; se debía tan sólo a la proximidad de algo tan humano y tan infernal. La cumbre, que tanta satisfacción y euforia nos había producido sólo unos momentos antes al lograr coronarla, se convirtió verdaderamente para mí en un Ungeheuerhorn, pues era el hogar de unos seres más horribles de los que habría podido producir el delirio de una pesadilla.

»Chanton estaba unos doce pasos detrás de mí, y con un movimiento hacia atrás de la mano le indiqué que se detuviera. Después, retrocediendo yo mismo con infinita precaución, para no atraer la mirada de esa criatura, rodeé la roca por el otro lado, susurrándole lo que había visto, y con el rostro demudado dimos un largo rodeo, escudriñando desde cada esquina y agachados, pues no sabíamos si al siguiente paso daríamos con otro de esos seres, o si por la boca de una de las cuevas de la ladera aparecería otro de esos rostros temibles y sin pelo, llevando esa vez los pechos y la señal de la mujer. Eso habría sido lo peor de todo.

»La suerte nos favoreció, pues nos abrimos camino entre los cantos rodados y las piedras sueltas, que en cualquier momento habrían podido crujir y traicionarnos, sin que se repitiera mi experiencia, y cuando nos encontramos entre los árboles corrimos como si las propias Furias nos persiguieran. Ahora entendía, aunque creo que no soy capaz de transmitirlo, los recelos de la mente de Chanton cuando me hablaba de aquellos seres. Era su humanidad misma lo que los volvía tan terribles, el hecho de que fueran de nuestra misma raza, pero de un tipo tan abismalmente degradado que el más brutal e inhumano de los hombres habría parecido angélico en comparación. La música de la pequeña banda había terminado antes que la narración, y los grupos de conversadores sentados junto a la mesa de té se habían dispersado. Se detuvo un momento.

—Lo que experimenté entonces fue un horror del espíritu, del que verdaderamente creo no haberme recuperado totalmente —siguió diciéndome—. Entonces vi lo terrible que puede ser un ser vivo, y en consecuencia lo terrible que era la vida misma. Supongo que en todos nosotros habita algún germen heredado de esa bestialidad inefable, y quién sabe si, aunque parece haberse vuelto estéril con el curso de los siglos, no podrá fructificar de nuevo. Cuando vi tomar el sol a esa criatura contemplé el abismo del que hemos salido a rastras. Y esas criaturas están tratando de salir ahora, si es que existen todavía, pues lo cierto es que en los últimos veinte años no se sabe de nadie que los haya visto, hasta que encontramos esta historia de las huellas vistas por los escaladores del Everest.

Si la historia es auténtica, si el grupo no las confundió con las huellas de algún oso, o por qué no de unos pasos humanos, es como si todavía existiesen esos restos varados de la humanidad. Ingram había contado bien su historia; pero sentados en esa habitación cálida y civilizada no me había comunicado de una forma viva el horror que, claramente, había sentido él. Acepto que intelectualmente podía apreciar su horror, pero la verdad es que mi espíritu no se estremeció interiormente.

—Resulta extraño que tu gran interés por la fisiología no venciera tus vacilaciones.
Estabas contemplando una forma de hombre que probablemente es más remota que los más antiguos restos humanos. ¿Acaso no había algo en tu interior que te decía que aquello tenía un significado apasionante?

Lo negó con un gesto.
—No: lo único que quería era escapar. Tal como te he dicho, no era el terror hacia lo que nos podía aguardar si nos capturaban, según la historia de Chanton; era un horror absoluto ante la criatura. Me estremecí ante aquello.

Aquella noche aumentó la violencia de la nevada y la tormenta, y dormí inquieto, saliendo una y otra vez del sueño por los fuertes golpes del viento al sacudir mis ventanas, como si exigiera imperiosamente ser admitido. Venía en ráfagas hinchadas entremezcladas con extraños ruidos cuando menguaba un momento, con aleteos y quejidos que se convertían en gritos cuando retornaba su furia. Sin duda esos ruidos se mezclaron en mi conciencia amodorrada y somnolienta, y en una ocasión salí de la pesadilla imaginando que las criaturas del Cuerno del Horror estaban en mi balcón golpeando los cerrojos de la ventana. La tormenta pasó antes de que amaneciera y al despertar vi la nieve cayendo rápida y densa en el aire. La nevada prosiguió tres días sin cesar, y cuando acabó la siguió una helada como nunca en mi vida había experimentado.

Una noche el termómetro marcó cuarenta y cinco grados bajo cero, y más la noche siguiente, por lo que no era capaz de imaginar el frío que debía hacer en los riscos del Ungeheuerhorn. Creí que sería suficiente para acabar por completo con sus habitantes secretos: ese día, hacía veinte años, mi primo había perdido una oportunidad de estudio que probablemente no volvería a tener ni él ni ningún otro.

Una mañana recibí la carta de un amigo que me decía que había llegado a la vecina estación invernal de St. Luigi, y me proponía que fuera a patinar con él durante la mañana para almorzar después juntos. El lugar se encontraba a unos cuatro kilómetros si se tomaba el camino de las laderas bajas cubiertas de bosques de pinos, por encima de las cuales se encontraban los bosques empinados bajo las primeras pendientes rocosas del Ungeheuerhorn.

Llevando a la espalda una mochila con los patines, me deslicé con los esquíes sobre las pendientes arboladas y tomé una pendiente que en un suave descenso que me conducía hasta St. Luigi. El día estaba encapotado, las nubes oscurecían totalmente las cumbres más altas, aunque el sol resultaba visible, pálido y sin brillo, por entre la niebla. Pero mejoró conforme pasaba la mañana y pude deslizarme hacia St. Luigi bajo un firmamento centelleante. Patinamos, almorzamos y después, como parecía que retornaba el mal tiempo, inicié el viaje de regreso hacia las tres.

Apenas había entrado en los bosques cuando por arriba se espesaron las nubes y madejas e hilachas de éstas comenzaron a descender entre los pinares que cruzaba mi camino. Diez minutos más tarde su opacidad había aumentado tanto que apenas sí podía ver a un par de metros delante de mí. Enseguida me di cuenta de que debía haberme salido del camino, pues me cerraban el paso matorrales con las puntas cubiertas de nieve, y al retroceder para encontrarlo de nuevo confundí totalmente la dirección.

Pero aunque el avance era difícil sabía que bastaba con que siguiera ascendiendo, pues de ese modo llegaría a la cresta de las colinas bajas y podría descender desde allí al valle abierto en donde estaba Alhubel. De modo que seguí avanzando, dando traspiés y resbalando, e incapaz por el espesor de la nieve de quitarme los esquíes, pues de haberlo hecho me habría hundido hasta las rodillas a cada paso. El ascenso proseguía y al mirar el reloj vi que hacía ya casi una hora que había salido de St. Luigi, período más que suficiente para completar el viaje.

Seguía todavía aferrado a la idea de que, aunque debía de haberme alejado unos minutos de la ruta adecuada, con toda seguridad llegaría a la parte de arriba y podría encontrar el camino descendente hasta el siguiente valle. Fue entonces cuando observé que la niebla se iba llenando de un color rosado, y aunque deduje por ello que el crepúsculo debía estar próximo, me consolé pensando que sin duda la niebla se levantaría en cualquier momento descubriéndome mi posición.

Pero el hecho de que pronto fuera a anochecer me obligaba a defenderme mentalmente contra esa desesperación de la soledad que roe el corazón de un hombre perdido en el bosque o en una ladera hasta el punto de que, aunque tiene todavía mucho vigor en sus miembros, pierde la fuerza nerviosa y no puede hacer otra cosa que tumbarse y abandonarse a lo que le reserva el destino... Lo que escuché entonces me hizo pensar que la soledad era en realidad una bendición, pues había un destino peor que el de estar solo. Lo que oí se asemejaba al aullido de un lobo y procedía de un lugar no muy alejado de mí, donde la cresta —¿era una cresta?— seguía elevándose recubierta de pinos.

Repentinamente el viento sopló a mi espalda agitando la nieve congelada de las ramas de los pinos y barriendo la niebla lo mismo que una escoba barre el polvo del suelo. Ante mí se extendía radiante el cielo sin nubes, cargado ya del color rojo del crepúsculo, y delante vi que había llegado a la linde misma del bosque que durante tanto tiempo había recorrido. Pero no encontré delante ningún valle en el que pudiera penetrar, sino la fuerte pendiente de cantos rodados y rocas que se elevaban al pie del Ungeheuerhorn.

¿De dónde procedía entonces el grito de lobo que me había paralizado el corazón? Pude verlo. A menos de veinte metros había un tronco caído y se apoyaba en él uno de los habitantes del Cuerno del Horror: era una mujer. Estaba envuelta por una espesa capa de cabellos grises y en forma de mechones, desde la cabeza le caía el pelo sobre los hombros y el pecho, del que colgaban unos pechos marchitos y oscilantes.

Al mirarle el rostro entendí lo que había sentido Ingram, pero no sólo con la mente, sino también con un estremecimiento del espíritu. Jamás una pesadilla había dado forma a un semblante tan terrible; la belleza del sol y las estrellas, y de los animales del campo y de la amigable raza de los hombres no podía expiar una encarnación tan infernal del espíritu de la vida. Un bestialismo insondable modelaba la boca babeante y los hombros estrechos; contemplé el abismo mismo, y supe que desde ese abismo en cuyo borde yo me inclinaba habían subido, escalándolo, generaciones de hombres. ¿Y si esa plataforma se deshacía delante de mí y me enviaba directamente a sus profundidades inferiores...?

Ella sostenía con una mano los cuernos de una gamuza que luchaba y pateaba. Un golpe de una pata trasera del animal dio en su muslo seco, y ella, con un gruñido de cólera, cogió la pata con la otra mano, y con la facilidad con la que un hombre puede sacar de su vaina un tallo de hierba de la pradera, se la arrancó del cuerpo dejando la piel desgarrada colgando alrededor de la herida abierta. Entonces, llevándose a la boca el miembro rojo y sangrante, lo chupó como haría un niño con un palo de caramelo.

Sus dientes oscuros penetraron en la carne y los cartílagos y después se relamió los labios con un sonido de satisfacción. Dejó entonces la pata a un lado, volvió a contemplar el cuerpo de la presa, que se estremecía ahora en sus convulsiones mortales, y con un dedo y el pulgar le sacó un ojo. Le clavó los dientes y crujió como una nuez de cascara blanda. Debí pasar algunos segundos observándola en pie, preso de una indescriptible catalepsia de terror, mientras a través de mi cerebro repiqueteaba la orden que el pánico enviaba a mis miembros encogidos: «Vete, vete mientras tengas tiempo».

Recuperando la capacidad de mis músculos y articulaciones, traté de colocarme tras un árbol para ocultarme a esa aparición. Pero la mujer —¿debo llamarla así?— debió captar el movimiento, pues levantó la vista que tenía fija en el festín vivo y me vio. Inclinó el cuello, dejó caer su presa y, alzándose a medias, comenzó a moverse hacia mí. Al hacerlo abrió la boca y lanzó un aullido como el que había oído un momento antes. Le respondió otro, aunque débil y distante.

Deslizándome, con las puntas de los esquíes tropezando en los obstáculos que había bajo la nieve, me lancé colina abajo entre los pinos. El sol descendente se hundía ya bajo una elevación montañosa por el oeste, enrojeciendo con sus últimos rayos la nieve y los pinos. La mochila, con los patines dentro, se sacudía de un lado para otro a mi espalda, y una rama baja de un pino me había quitado de la mano un bastón de esquiar, pero no podía permitirme ni un sólo segundo para recuperarlo.

No miraba hacia atrás y no sabía a qué velocidad iba mi perseguidora, o si todavía me perseguía, pues toda mi mente y mi energía, que volvían a funcionar a pleno rendimiento por la tensa situación de pánico, estaban dedicadas a alejarme colina abajo y salir del bosque tan rápidamente como me lo pudieran permitir mis piernas. Durante unos momentos no oí otra cosa que la nieve que siseaba a mi paso, y el crujido de los matorrales cubiertos de nieve bajo mis pies, hasta que muy cerca y detrás de mí volvió a sonar el aullido de lobo y escuché unos pasos distintos a los míos.

La cinta de la mochila se había movido, y como dentro los patines se agitaban de un lado a otro, rozaba y presionaba mi garganta, impidiendo que entrara libremente el aire que, bien lo sabía Dios, mis fatigados pulmones necesitaban desesperadamente, por lo que sin detenerme la deslicé para dejar libre el cuello y la sostuve con la mano que había quedado libre por la pérdida del bastón.

Con ese cambio me moví con algo más de facilidad, y no muy distante pude ver entonces, más abajo, el camino del que me había apartado. Si podía llegar hasta él, el deslizamiento más suave me permitiría seguramente distanciar a mi perseguidora, pues incluso en un terreno más accidentado sólo lentamente se aproximaba a mí, y la visión de esa cinta que se extendía sin impedimentos colina abajo permitió que un rayo de esperanza cruzara el pánico negro de mi alma.

Con esa esperanza llegó también el deseo insistente de ver quién o qué me perseguía, por lo que me permití una mirada hacia atrás. Era ella, la bruja a la que había visto entregada a su horripilante comida; sus largos pelos grises volaban hacia atrás con el movimiento, su boca parloteaba y farfullaba, sus dedos se movían como asiendo algo, como si se hubieran cerrado ya sobre mí.

Pero el camino ya estaba cerca y supongo que esa proximidad me hizo dejar de ser precavido. Un grupo de arbustos cubiertos de nieve se hallaba en mi camino, y creyendo que podría saltar por encima de él tropecé y caí ahogándome en la nieve. Muy cerca de mí
escuché un ruido maníaco, mitad grito y mitad risotada, y antes de que pudiera recobrarme sus dedos estaban agarrándome el cuello, con una fuerza que me hacía pensar que lo tenía metido en un torno de acero.

Pero mi mano derecha, aquella con la que sujetaba la mochila de los patines, estaba libre, y con un movimiento desde atrás hacia adelante la lancé en toda la longitud de la correa, y supe que mi golpe desesperado había dado en algún lugar del objetivo. Antes incluso de que pudiera mirar sentí que se relajaba el apretón en mi cuello, al tiempo que algo caía encima del matorral mismo que me había atrapado. Me puse en pie y me di la vuelta.

Allí estaba ella, agitándose y estremeciéndose. El talón de uno de los patines, traspasando la piel delgada de la mochila, le había golpeado en una sien, de la que brotaba sangre, pero a unos cien metros vi a otra de esas figuras que bajaba hacia allí, dando grandes saltos. El pánico volvió a sobrecogerme y me apresuré a recorrer el camino liso y blanco que llevaba hasta las luces del pueblo.

Ni una sola vez me detuve en mi camino: no volvería a tener seguridad hasta que hubiera regresado a las guaridas de los hombres. Me precipité contra la puerta del hotel y grité pidiendo que me dejaran entrar, aunque sólo hubiera tenido que girar el asa para hacerlo; y una vez más, como cuando Ingram me contó su historia, encontré el sonido de la banda, las voces conversando y también estaba allí él; levantó la vista y se puso rápidamente en pie ante mi ruidosa entrada.

—También yo los he visto —grité—. Mira mi mochila. ¿No hay sangre en ella? Es la sangre de uno de ellos, una mujer, una bruja que mientras yo la miraba arrancó la pata de una gamuza, y me persiguió por ese maldito bosque.

Yo... No sé si fui yo quien dio la vuelta, o si la habitación pareció girar a mi alrededor, pero me oí caer sobre el suelo, y en el siguiente instante de conciencia me encontré en la cama. Allí estaba Ingram, que me dijo que estaba totalmente a salvo, y otro hombre, un desconocido, que pinchaba mi brazo con la aguja de una jeringa, y me tranquilizaba... Uno o dos días más tarde pude dar una descripción coherente de mi aventura, y tres o cuatro hombres armados con escopetas siguieron mi rastro.

Encontraron el matorral con el que había tropezado junto al cual un charco de sangre había empapado la nieve, y siguiendo las huellas de mis esquíes dieron con el cuerpo de una gamuza a la que le habían arrancado una de las patas traseras y le habían vaciado un ojo.

Eso es lo único que puedo aportar al lector para corroborar mi historia, y personalmente imagino que la criatura que me persiguió no murió por causa de mi golpe, o que sus compañeros se llevaron el cadáver... en cualquier caso, el incrédulo puede merodear por las cuevas del Ungeheuerhorn para ver si sucede algo que pueda convencerle.

No hay comentarios:

Publicar un comentario en la entrada