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miércoles, 24 de julio de 2013

Richard Matheson, Los Vampiros no existen

LOS VAMPIROS NO EXISTEN
Richard Matheson

A PRINCIPIOS del otoño del año 18..., la señora Alexis Gheria despertó una mañana con una extraña sensación de torpeza. Durante más de un minuto permaneció inerte, tendida de espaldas, con sus ojos negros fijos en el techo. Se sentía muy cansada. Parecía que sus labios eran de plomo. Quizá estuviera enferma. Petre debería auscultaría.

Con un ligero suspiro se levantó sobre un codo. Al hacerlo, su camisón resbaló hasta su cintura. ¿Cómo se le había soltado?, se preguntó, mirando hacia abajo.
Repentinamente, la señora Gheria comenzó a gritar.

En el desayunador, el doctor Petre Gheria levantó la mirada de su periódico, asombrado. En un momento echó hacia atrás su silla, dejó su servilleta sobre la mesa y se apresuró a correr por el pasillo. Avanzó silenciosamente sobre la alfombra y subió las escaleras de dos en dos.

Encontró a su esposa sentada en el borde de la cama, casi histérica, mirándose los senos, con expresión aterrorizada. En medio de su blancura, un reguero de sangre se estaba secando.

El doctor Gheria despidió a la doncella que estaba en el umbral de la puerta, como petrificada, mirando a su patrona con los ojos desmesuradamente abiertos. El médico cerró la puerta y se apresuró a acercarse a su esposa.
-¡Petre! -tartamudeó ella.
-Tranquilízate -dijo.

Y la ayudó a tenderse de espaldas, a través de la almohada manchada de sangre.
-Petre, ¿qué es esto? -inquirió la mujer ansiosamente.
-Permanece quieta, querida.
Sus ágiles dedos se movieron, buscando sobre los senos de su esposa. Repentinamente, se quedó sin aliento. Echando a un lado su cabeza, miró atolondrado las marcas rosadas que Alexis tenía en el cuello y el reguero de sangre seca que había corrido serpenteando desde ellas.
-¡Mi garganta! -dijo la señora Gheria.
-No, es solamente una... -el doctor Gheria no terminó la frase.
Sabía perfectamente de qué se trataba.
Alexis comenzó a temblar.

-¡0h, Dios mío, Dios mío! -exclamó la atribulada mujer.
El doctor Gheria se levantó y se dirigió hacia el lavabo, vertió un puco de agua en una jofaina y, volviendo al lado de su esposa, le limpió la sangre. La herida quedó claramente al descubierto: dos piquetitos, cerca de la yugular. El doctor Gheria, haciendo una mueca, tocó los bultitos de tejido inflamado. Al hacerlo, su esposa gimió con fuerza y volvió el rostro hacia otro lado.
-Ahora, escúchame -le dijo Petre, con voz aparentemente tranquila-. No vamos a dejarnos llevar por las supersticiones, ¿entiendes? Hay numerosos...
-Voy a morir -dijo.

-Alexis, ¿me oyes? -la tomó con fuerza por los hombros.
La mujer volvió la cabeza y lo miró con ojos desprovistos de expresión.
-Ya sabes de qué se trata -dijo Alexis.
El doctor Gheria tragó saliva. Todavía tenía el gusto del café en la boca.
-Ya sé qué parece ser -dijo- y no debemos pasar por alto esa posibilidad. Sin embargo...
-Voy a morir -insistió ella.
-¡Alexis! -el doctor Gheria la tomó de la mano y se la apretó con fuerza-. No podrán retirarte de mi lado -dijo.

Solta era una aldea de unos mil habitantes, situada al pie de las Montañas Bihor de Rumania. Era un lugar de tradiciones obscuras. La gente, al oír los aullidos de los lobos en la lejanía, se persignaba sin decir una palabra. Los niños reunían cabezas de ajo como otros niños reunen flores, y los llevaban a la casa para las ventanas. En todas las puertas había cruces pintadas y en todos los cuellos había colgadas otras de metal. El miedo a los vampiros era tan grande como el temor a las enfermedades contagiosas. Era algo que flotaba siempre en el ambiente.

El doctor Gheria pensaba en ello, mientras echaba el pestillo en las ventanas de la habitación de Alexis. A lo lejos, sobre las montañas, había una especie de penumbra grisácea. Pronto volvería a caer otra vez la noche. Pronto, los habitantes de Solta se encerrarían en sus casas olorosas a ajo. No tenía la menor duda de que todos ellos estaban perfectamente al corriente de lo ocurrido a su esposa. La cocinera y la doncella estaban ya presentando sus renuncias. Sólo la disciplina inflexible de Karel, el mavordomo, las mantenía en sus trabajos. Pronto, ni siquiera eso sería suficiente. Ante el miedo al vampiro, la razón huía.

Había visto pruebas de ello aquella misma mañana, al ordenar que registraran cuidadosamente las paredes de la habitación de su esposa, para buscar roedores o insectos venenosos. Las sirvientas se habían desplazado por la habitación como si estuvieran pisando huevos, con los ojos en blanco y con las manos nerviosas que acudían a cada instante a tocar las cruces que llevaban en el cuello. Supo perfectamente que no encontraría roedores ni insectos. Y Gheria lo sabía muy bien. Sin embargo, se enfureció con ellas a causa de su timidez, con lo que sólo pudo lograr asustarlas todavía más.
Se volvió de la ventana con una sonrisa.

-Ahora te aseguro que ningún ser vivo entrará en esta habitación esta noche -dijo.
Ratificó inmediatamente, viendo el tenor que se reflejaba en los ojos de su esposa.
-No podrá entrar nada en absoluto -dijo.

Alexis permanecía inmóvil en su cama, con una mano pálida sobre el pecho, apretando la pequeña crucecita de plata que había tomado de su joyero. No la había usado, desde que su esposo le había regalado la cruz engastada en diamantes, el día de su boda. Era muy típico de su aldea que, en aquel momento de terror, buscara protección en la cruz no adornada de su iglesia. Era realmente infantil, se dijo Gheria, sonriéndole con dulzura.
-No necesitarás eso, querida -le dijo-. Esta noche vas a estar a salvo.
Los dedos de Alexis se cerraron sobre el crucifijo.
-No, no; puedes llevarlo puesto si quieres -le dijo Petre-. Solamente quiero decir que voy a estar a tu lado durante esta noche.
-¿Vas a quedarte conmigo?

El doctor se sentó sobre el borde de la cama y le tomó la mano con dulzura.
-¿Crees que voy a poder dejarte sola un momento?
Treinta minutos más tarde, Alexis estaba profundamente dormida. El doctor Gheria acercó una silla al lecho y se instaló en ella. Se quitó los lentes y se frotó el puente de la nariz con el pulgar y el índice de su mano izquierda. Luego, suspirando, comenzó a observar a su esposa. Era extraordinariamente bella. La respiración del doctor Gheria se hizo sofocada.
-No existen los vampiros -susurró, para sus adentros.

Se oyó un golpe en la distancia. El doctor Gheria  murmuró en sueños, retorciéndose los dedos. El golpeteo se hizo cada vez más fuerte y una voz agitada rugió en la obscuridad.
-¡Doctor! -llamó.
Gheria despertó. Durante un momento, miró confusamente la puerta cerrada.
-¡Doctor Gheria! -insistió Karel.
-¿Qué?
-¿Está todo bien?
-Sí, todo.
El doctor Gheria gritó sofocadamente, saltando hacia la cama. El camisón de Alexis había sido retirado otra vez. Una horrible mancha de sangre cubría su pecho y su cuello.

Karel sacudió la cabeza.
-Las ventanas cerradas con pestillo no pueden mantener alejada a la criatura, señor -dijo.
Permaneció en pie, alto y esbelto, cerca de la mesa de la cocina sobre la que se encontraba la bandeja de plata que había estado limpiando cuando Gheria entró.
-La criatura tiene el poder de convertirse en vapor y puede pasar por cualquier abertura, por pequeña que sea.

-¡Pero, la cruz! -bramó Gheria-. ¡Estaba todavía en su garganta, sin que la tocaran! Sólo que estaba manchada de sangre -agregó, con voz débil.
-Eso no lo puedo comprender -dijo Karel, sombríamente-. La cruz debía haberla protegido.

-Pero, ¿por qué no vi nada?
-Fue usted narcotizado por su satánica presencia -explicó Karel-. Puede considerarse afortunado de que no lo haya atacado también a usted.
-¡No me considero afortunado en absoluto! -el doctor Gheria golpeó la mesa con la palma de la mano, con una expresión de cólera en el rostro-. ¿Qué puedo hacer, Karel? -inquirió.
-Cuelgue cabezas de ajo en las puertas y las ventanas -le dijo el anciano-. No deje que haya una sola abertura que no esté cubierta por los ajos.

Gheria asintió distraídamente.
-No hahía visto nunca nada se... semejante -dijo, tartamudeando un poco-. Ahora, mi propia esposa...
-Ya lo he visto -le dijo Karel-. Yo mismo he hecho que reposara para siempre uno de esos monstruos de las tumbas.

-¿Con la estaca...? -Gheria parecía asqueado.
El anciano sonrió lentamente.
El doctor tragó saliva con dificultad.
-Quiera Dios que pueda usted hacer reposar también a éste -dijo.

-¿Petre?
Esta vez se sentía más débil; su voz era un murmullo sin entonación. Gheria se inclinó sobre ella.

-Sí, ¿qué deseas, querida?
-Va a volver esta noche -dijo Alexis.
-No -sacudió la cabeza con determinación-. No puede; los ajos lo ahuyentarán.
-Mi cruz no lo hizo -observó ella-, ni tú tampoco pudiste hacerlo.
-Los ajos lo lograrán -le dijo él-. Además, ¿ves?, he hecho que me trajeran café negro. Esta noche no voy a dormir.

Alexis cerró los ojos y su pálido rostro adquirió una expresión de dolor.
-No quiero morir -dijo-. ¡Por favor, Petre, no me dejes morir!
-No morirás -le dijo el doctor-. Te lo prometo; el monstruo será destruido.
Alexis se estremeció ligeramente.
-Pero, si no hay modo de hacerlo, Petre... -murmuró.
-Siempre hay posibilidad -respondió.

En el exterior, la obscuridad, fría y pesada, se cernía en torno a la casa. El doctor Gheria se instaló al lado de la cama y comenzó a esperar. Al cabo de una hora, Alexis se durmió pesadamente. Con toda suavidad, el doctor Gheria soltó la mano de la de su esposa y se sirvió una taza de café humeante. Conforme lo tomaba a sorbos, muy caliente, miraba en torno suyo, examinando toda la habitación. La puerta estaba cerrada, las ventanas atrancadas, todas las aberturas bahían sido cerradas con ajo y Alexis llevaba la cruz al cuello. Asintió lentamente, para sí mismo. Daría resultado, pensó. El monstruo tendría que permanecer afuera.
Se sentó, esperando, escuchando el ruido de su propia respiración.

El doctor Gheria estaba junto a la puerta antes de que llamaran por segunda vez.
-¡Michael! -exclamó, al tiempo que abrazaba al hombre joven-. ¡Mi buen Michael! ¡Estaba seguro de que vendrías!
Ansiosamente, condujo al doctor Vares hasta su estudio. Afuera, la obscuridad se hacía más intensa por momentos.

-¿Dónde diablos se ha metido toda la gente del pueblo? -preguntó Vares-. Te aseguro que no he visto ni un alma viviente al pasar por ahí.
-Están todos encerrados, aterrorizados, en sus casas -replicó Gheria-, y todos nuestros sirvientes, excepto uno, han ido a refugiarse con el resto de los habitantes.
-¿Quién se ha quedado?

-Mi mayordomo: Karel -indicó Gheria-. No abrió la puerta, porque estaba durmiendo. ¡Pobre tipo! Es muy anciano, y ha estado haciendo el trabajo de cinco.
Tomó a Vares por el brazo.
-Mi buen Michael -dijo-, no puedes tener una idea de lo que me alegra verte.
Vares lo miró, asombrado.
-Vine tan pronto como recibí su mensaje -dijo.
-Y agradezco que lo hayas hecho así -dijo Gheria-. Ya sé lo pesado y largo que es un viaje desde Cluj.

-¿Qué sucede? -preguntó Vares-. En su carta sólo decía que...
Rápidamente, Gheria le contó qué había sucedido durante la última semana.

-Ya te lo he dicho, Michael: estoy a punto de volverme loco -dijo-. ¡Nada nos da buen resultado! Ajos, acónito, cruces, espejos, agua corriente... Lo hemos empleado todo y es inútil. ¡No, no lo digas! ¡No es la imaginación ni la superstición! ¡Está sucediendo! ¡Un vampiro la está destruyendo! Cada día que pasa se hunde más en ese sopor mortal del que... -Gheria apretó los puños- ...y todavía no logro comprenderlo -murmuró con emoción-. No me es posible comprenderlo.
-Venga, siéntese -el doctor Vares condujo al anciano hasta un sillón, haciendo una mueca, al ver su palidez.

Nerviosamente, sus dedos buscaron el pulso de Gheria.
-Yo no importo -protestó Petre-. Es a Alexis a la que tenemos que ayudar -al decir esto, se pasó una mano temblorosa por los ojos-. Pero, ¿cómo?
No opuso ninguna resistencia cuando el joven le soltó el cuello de la camisa v le examinó el cuello.

-Usted también -dijo Vares con repugnancia.
-¿Qué importa eso? -Gheria se aferró a la mano del joven-. Michael, amigo mío -suplicó-, ¡dime que no soy yo! ¿Soy yo el que le hace eso tan horrible a ella?
Vares pareció confundido.
-¿Usted? -dijo-. Pero...

-Ya lo sé; ya lo sé -dijo Petre-. Yo mismo he sido atacado. Sin embargo, eso no significa nada, Michael. ¿Qué clase de horror es este como para que no pueda impedirse? ¿De qué lugar infernal sale? He hecho que registren todo el campo, que escudriñen en todas las tumbas e inspeccionen todas las criptas. No hay ninguna casa en el pueblo que no haya sido objeto de investigación por mi parte. ¡Te lo aseguro, Michael, no hay nada! Sin embargo, hay algo... Algo que nos ataca todas las noches, arrancándonos la vida poco a poco. ¡El pueblo está dominado por el terror..., y yo también! ¡Nunca vi a esa criatura, ni la oí! Sin embargo, todas las mañanas encuentro a mi adorada esposa...

El rostro de Vares estaba va un poco pálido y con expresión preocupada. Miró atentamente al anciano.
-¿Qué puedo hacer, amigo mío? -preguntó Gheria en tono suplicante-. ¿Cómo puedo salvarla?
Vares no pudo dar una respuesta.

-¿Cuánto tiempo hace que está así? -preguntó Vares.
No podía apartar los ojos de la palidez del rostro de Alexis.
-Varios días -dijo Gheria-. La decadencia ha sido constante.

El doctor Vares soltó la mano flácida de Alexis.
-¿Por qué no me lo dijo antes?
-Creí que podríamos resolver el problema -respondió Gheria débilmente-. Ahora estoy convencido de que es imposible.
Vares se estremeció.
-Pero, seguramente...

-Lo hemos intentado todo -dijo Gheria-. Ya no queda nada por intentar. ¡Nada! -fue hacia la ventana, con paso vacilante y miró hacia el exterior, donde la noche se iba haciendo cada vez más profunda-. Y ahora volverá nuevamente -dijo-. Estamos indefensos.
-No estamos indefensos, Petre -Vares se esforzó en sonreír amablemente y colocó la mano sobre el hombro del anciano-. Yo voy a vigilar esta noche.
-Es inútil.

-No lo crea usted, amigo mío -dijo Vares, con nerviosismo-. Ahora, debe usted tratar de dormir.
-No me separaré de ella -dijo Gheria.
-Pero... Necesita descansar.
-No puedo irme -dijo Petre-. No deseo separarme de ella.
Vares asintió.
-Por supuesto -dijo-. Entonces, compartiremos las horas de vigilancia.
Gheria suspiró.
-Podemos intentarlo -dijo; pero su voz no parecía expresar ninguna esperanza.

Unos veinte minutos después, regresó con un jarrón de café humeante, que era apenas posible de oler, en medio del olor penetrante a ajo, que flotaba en el aire. Acercándose al lecho, Gheria depositó la bandeja. Sostuvo una taza debajo del espiche del jarrón, y el líquido salió como si se tratara de ébano humeante.
El doctor Vares había acercado una silla a la cama.

-Yo vigilaré primero -dijo-. Duerma usted, Petre.
-No vale la pena que lo intente -dijo Gheria.
-Gracias -murmuró Vares, cuando el otro le tendió la taza.
Gheria asintió y se sirvió una taza llena, antes de tomar asiento.

-No sé qué le sucederá a Solta si esa criatura no es destruida -dijo-. Los habitantes están paralizados de terror.
-¿Ha estado la criatura en algún otro lugar del pueblo? -le preguntó Vares.
Gheria suspiró cansadamente.

-¿Para qué quiere ir a otro sitio? -dijo-. Está encontrando todo lo que necesita entre estas cuatro paredes -miró a Alexis, con impotencia-. Cuando nosotros muramos -añadió-, irá a otro sitio. Los habitantes del pueblo lo saben, y están esperando que suceda.
Vares depositó su taza en el plato y se restregó los ojod.
-Parece imposible -observó- que nosotros, practicantes de una ciencia, parezcamos ser incapaces de...

-¿Qué puede hacer la ciencia contra esto? -dijo Gheria-. ¡La ciencia, que ni siquiera admite su existencia! Podríamos traer a los mejores científicos del mundo a esta habitación, y nos dirían: "Amigos míos, han sido engañados. No hay vampiros. Todo esto es un truco."
Gheria hizo una pausa y miró atentamente al joven.
-¡Michael! -llamó.

La respiración de Vares era lenta y pesada. Dejando sobre la mesita su taza de café, que no había probado, Gheria se puso en pie y se acercó a Vares, que estaba desplomado en su silla. Le levantó uno de los párpados, miró la pupila que no tenía vista y retiró la mano. La droga era de efectos rápidos, pensó, y muy efectiva. Vares podría estar insensible durante más tiempo del que sería necesario.

Acercándose al armario, Gheria sacó su maletín y se acercó con él a la cama. Le quitó a Alexis la parte superior del camisón y, en unos segundos, le sacó toda una jeringa llena de sangre; aquella iba a ser la última vez que le extrajera sangre, afortunadamente. Restañando la herida, llevó la jeringa hasta donde se encontraba Vares y la vació en la boca del joven, manchando con ella sus dientes y sus labios.

Una vez hecho esto, fue hacia la puerta y la abrió. Regresó junto a Vares, lo levantó y lo llevó hasta el vestíbulo. Karel no iba a despertar: un poco de opio en sus alimentos aseguraba al doctor que no lo haría. Gheria descendió trabajosamente las escaleras, bajo el peso del cuerpo de Vares. En el rincón más obscuro de la bodega, un féretro de madera estaba esperando al joven. Allí reposaría, hasta la manana siguiente, cuando el aturdido doctor Gheria ordenaría a Karel que registrara el ático y la bodega, por la remota y quizá fantástica posibilidad de que...

Diez minutos después, Gheria estaba nuevamente en la habitación de Alexis, tomándole el pulso. Era lo bastante fuerte y sobreviviría. El dolor y la tortura del horror que había soportado, serían un castigo suficiente para ella. En cuanto a Vares...

El doctor Gheria sonrió, complacido, por primera vez desde que Alexis y él habían regresado de Cluj, a fines del verano. ¡Espíritus infernales! ¡Qué cosa más agradable sería ver cómo Karel atravesaba con una estaca el maldito corazón del seductor Michael Vares!


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