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domingo, 28 de julio de 2013

Oscar Wilde, El amigo fiel

El amigo fiel
Oscar Wilde


Una mañana la vieja rata de agua asomó la cabeza por su agujero. Tenía unos ojos redondos muy vivarachos y unos largos bigotes grises. Su cola parecía un elástico negro. Unos patitos nadaban en el estanque, parecidos a una bandada de canarios amarillos, y su madre, toda blanca con patas rojas, se esforzaba en enseñarles a hundir la cabeza en el agua.

—Nunca podrán estrenarse en sociedad si no aprenden a sumergir la cabeza —les decía.
Y les enseñaba de nuevo cómo tenían que hacerlo. Pero los patitos no prestaban ninguna atención a sus lecciones. Eran tan jóvenes que no sabían las ventajas que reporta la vida de sociedad.

Oscar Wilde, El príncipe feliz

El príncipe feliz
Oscar Wilde



     En la parte más alta de la ciudad, sobre una columnita, se alzaba la estatua del Príncipe Feliz.
     Estaba toda revestida de madreselva de oro fino. Tenía, a guisa de ojos, dos centelleantes zafiros y un gran rubí rojo ardía en el puño de su espada.
     Por todo lo cual era muy admirada.
     —Es tan hermoso como una veleta —observó uno de los miembros del Concejo que deseaba granjearse una reputación de conocedor en el arte—. Ahora, que no es tan útil —añadió, temiendo que le tomaran por un hombre poco práctico.
     Y realmente no lo era.
     —¿Por qué no eres como el Príncipe Feliz? —preguntaba una madre cariñosa a su hijito, que pedía la luna—. El Príncipe Feliz no hubiera pensado nunca en pedir nada a voz en grito.

viernes, 26 de julio de 2013

Edgar Allan Poe, El demonio de la perversidad

El demonio de la perversidad
Edgar Allan Poe

En la consideración de las facultades e impulsos de los prima mobilia del alma humana los frenólogos han olvidado una tendencia que, aunque evidentemente existe como un sentimiento radical, primitivo, irreductible, los moralistas que los precedieron también habían pasado por alto. Con la perfecta arrogancia de la razón, todos la hemos pasado por alto. Hemos permitido que su existencia escapara a nuestro conocimiento tan sólo por falta de creencia, de fe, sea fe en la Revelación o fe en la Cábala. Nunca se nos ha ocurrido pensar en ella, simplemente por su gratuidad. 
 
No creímos que esa tendencia tuviera necesidad de un impulso. No podíamos percibir su necesidad. No podíamos entender, es decir, aunque la noción de este primum mobile se hubiese introducido por sí misma, no podíamos entender de qué modo era capaz de actuar para mover las cosas humanas, ya temporales, ya eternas. No es posible negar que la frenología, y en gran medida toda la metafísica, han sido elaboradas a priori. El metafísico y el lógico, más que el hombre que piensa o el que observa, se ponen a imaginar designios de Dios, a dictarle propósitos. Habiendo sondeado de esta manera, a gusto, las intenciones de Jehová, construyen sobre estas intenciones sus innumerables sistemas mentales. 
 

Edgar Allan Poe, Un cuento de las Montañas Escabrosas

Un cuento de las Montañas Escabrosas
Edgar Allan Poe

Durante el otoño del año 1827, mientras residía cerca de Charlottesville (Virginia), trabé relación por casualidad con Mr. Augustus Bedloe. Este joven caballero era notable en todo sentido y despertó en mí un interés y una curiosidad profundos. Me resultaba imposible comprenderlo tanto en lo físico como en lo moral. 
 
De su familia no pude obtener informes satisfactorios. Nunca averigüé de dónde venía. Aun en su edad —si bien lo califico de joven caballero— había algo que me desconcertaba no poco. Seguramente parecía joven, y se complacía en hablar de su juventud; mas había momentos en que no me hubiera costado mucho atribuirle cien años de edad. Pero nada más peculiar que su apariencia física. Era singularmente alto y delgado, muy encorvado. Tenía miembros excesivamente largos y descarnados, la frente ancha y alta, la tez absolutamente exangüe, la boca grande y flexible, y los dientes más desparejados, aunque sanos, que jamás he visto en una cabeza humana. 
 

Richard Matheson, Cambio de Cementerio

CAMBIO DE CEMENTERIO
Richard Matheson


QUERIDO PAPÁ

Te envío esta nota debajo del collar de Rex, debido a que yo tengo que quedarme aquí. Espero que la nota te llegue.
No pude entregar la letra de cambio con la que me enviaste, debido a que la viuda Blackwell está muerta. Está en el piso de arriba. La he colocado sobre la cama. Tiene un aspecto horrible. Quisiera que trajeras al comisario y al forense Wilks.

No sé dónde se encuentra en estos momentos el pequeño Jim Blackwell. Está tan asustado, que se pasa el tiempo corriendo en torno a la casa y escondiéndose de mí. Quienquiera que haya matado a su mamá debe haberlo asustado terriblemente. No dice ni una palabra. Se limita a correr alrededor de la casa, como si fuera una rata asustada. Veo a veces sus ojos en la obscuridad y, un momento después, desaparecen. Como sabes, no hay luz eléctrica en este edificio.

E. F. Benson, El Cuerno del Horror

EL CUERNO DEL HORROR
E. F. Benson

Durante los últimos diez días Alhubel había estado cubierto de sol bajo el radiante clima invernal propio de su altura, superior a los mil ochocientos metros. Desde el amanecer hasta el crepúsculo, el sol (que tan sorprendente resultaba para quienes hasta ahora lo habían asociado con un disco pálido y tibio que brillaba vagamente a través del aire turbio de Inglaterra) había abierto su camino llameante a través de un azul de chispas, y todas las noches la helada serena y quieta había hecho que las estrellas titilaran como polvo de diamantes iluminado.

Antes de la Navidad había caído nieve suficiente para contentar a los esquiadores, y la pista grande, sobre la que nevaba todas las noches, había dado a los patinadores por la mañana una nueva superficie sobre la que realizar sus gracias resbaladizas.

miércoles, 24 de julio de 2013

Richard Matheson, El Hombre que hizo el mundo

EL HOMBRE QUE HIZO EL MUNDO
 Richard Matheson


El doctor Janishefsky estaba sentado en su oficina, reclinado hacia atrás en un gran sillón de cuero, con las manos cruzadas. Tenía aspecto de preocupación y una perilla bien cuidada. Tarareó un poco una vieja canción. Se interrumpió y levantó la mirada cuando entró la enfermera. Se llamaba Mudde.

ENFERMERA MUDDE: Doctor, hay un hombre en la sala de espera que dice que hizo el mundo.
DOCTOR J: ¡Oh!
ENFERMERA MUDDE: ¿Quiere que lo haga pasar?
DOCTOR J: Naturalmente, enfermera Mudde, hágalo pasar.
La enfermera Mudde salió e hizo entrar a un hombrecillo. Tenía como un metro setenta de estatura y llevaba un traje de confección, propio para un hombre de un metro ochenta y cinco aproximadamente. Tenía las manos casi ocultas por los bordes de las mangas y los dobladillos de su pantalón caían sobre sus zapatos, como si fueran polainas sin atar. Los zapatos estaban virtualmente invisibles. Como tampoco podía verse la boca del individuo, que estaba oculta tras un bigote de enormes proporciones.

Richard Matheson, El fin del plazo

EL FIN DEL PLAZO
Richard Matheson


Hay por lo menos dos noches al año en las que los médicos no acostumbran hacer planes: la víspera de Navidad y la de Año Nuevo. La víspera de Navidad, Bobby Dascouli se quemó el brazo. Estuve curándolo y vendándolo en el momento en que podría haber permanecido instalado tranquilamente en un cómodo sillón, junto a Ruth, observando las luces multicolores del arbolito de Navidad.

Por consiguiente, no me causó una gran sorpresa que diez minutos después de llegar a casa de mi hermana Mary para celebrar la despedida del año, mi servicio de contestaciones telefónicas me llamara para decirme que me habían llamado, de urgencia, del centro de la ciudad.

Ruth me sonrió tristemente y sacudió la cabeza. Se me acercó y me besó en la mejilla.
-¡Pobre Bill! -dijo.
-Muy pobre, es cierto -dije.
Dejé sobre la mesa la primera copa de la noche, todavía con dos tercios del licor.
Le di una palmadita en el vientre, que ya se notaba muy abultado.
-No tengas ese niño hasta que regrese -dije.
-Haré todo lo que pueda -dijo.

Richard Matheson, Los Vampiros no existen

LOS VAMPIROS NO EXISTEN
Richard Matheson

A PRINCIPIOS del otoño del año 18..., la señora Alexis Gheria despertó una mañana con una extraña sensación de torpeza. Durante más de un minuto permaneció inerte, tendida de espaldas, con sus ojos negros fijos en el techo. Se sentía muy cansada. Parecía que sus labios eran de plomo. Quizá estuviera enferma. Petre debería auscultaría.

Con un ligero suspiro se levantó sobre un codo. Al hacerlo, su camisón resbaló hasta su cintura. ¿Cómo se le había soltado?, se preguntó, mirando hacia abajo.
Repentinamente, la señora Gheria comenzó a gritar.

En el desayunador, el doctor Petre Gheria levantó la mirada de su periódico, asombrado. En un momento echó hacia atrás su silla, dejó su servilleta sobre la mesa y se apresuró a correr por el pasillo. Avanzó silenciosamente sobre la alfombra y subió las escaleras de dos en dos.

Richard Matheson, El Florecimiento de las Cortesanas

EL FLORECIMIENTO DE LAS CORTESANAS
Richard Matheson

UNA TARDE, en 1959, sonó el timbre de la puerta.
Frank y Sylvia Gussett acababan de acomodarse para ver los programas de la televisión. Frank colocó en la mesa su vaso de gin and tonic y se puso en pie. Luego, se dirigió al recibidor y abrió la puerta.
Era una mujer.

-Buenas tardes -dijo-. Represento al Intercambio.
-¿Al Intercambio? -preguntó Frank, sonriendo cortésmente.
-Sí -dijo la mujer-. Estamos poniendo en práctica un programa experimental en el vecindario. En cuanto a nuestros servicios...
Sus servicios eran bastante venerables. Frank tragó saliva.
-¿Está usted hablando en serio? -inquirió.
-Absolutamente -replicó la mujer.

-Pero, ¡santo cielo!, no pueden ustedes venir a nuestras propias casas y..., y..., eso es contrario a las leyes! ¡Podría hacer que la arrestaran!
-¡Oh, no es posible que desee usted eso! -dijo la mujer, al tiempo que aspiraba profundamente el aire para que su blusa tomara un aspecto provocativo.
-¿Usted lo cree? -le dijo Frank, cerrándole la puerta en las narices.

domingo, 21 de julio de 2013

Edgar Allan Poe, El retrato oval

El retrato oval
Edgar Allan Poe
 
El castillo al cual mi criado se había atrevido a entrar por la fuerza antes de permitir que, gravemente herido como estaba, pasara yo la noche al aire libre, era una de esas construcciones en las que se mezclan la lobreguez y la grandeza, y que durante largo tiempo se han alzado cejijuntas en los Apeninos, tan ciertas en la realidad como en la imaginación de Mrs. Radcliffe. 
 
Según toda apariencia, el castillo había sido recién abandonado, aunque temporariamente. Nos instalamos en uno de los aposentos más pequeños y menos suntuosos. Hallábase en una apartada torre del edificio; sus decoraciones eran ricas, pero ajadas y viejas. Colgaban tapices de las paredes, que engalanaban cantidad y variedad de trofeos heráldicos, así como un número insólitamente grande de vivaces pinturas modernas en marcos con arabescos de oro. 
 

Edgar Allan Poe, La verdad sobre el caso del señor Valdemar

La verdad sobre el caso del señor Valdemar
Edgar Allan Poe
 
De ninguna manera me parece sorprendente que el extraordinario caso del señor Valdemar haya provocado tantas discusiones. Hubiera sido un milagro que ocurriera lo contrario, especialmente en tales circunstancias. 
 
Aunque todos los participantes deseábamos mantener el asunto alejado del público —al menos por el momento, o hasta que se nos ofrecieran nuevas oportunidades de investigación—, a pesar de nuestros esfuerzos no tardó en difundirse una versión tan espuria como exagerada que se convirtió en fuente de muchas desagradables tergiversaciones y, como es natural, de profunda incredulidad.

Nathaniel Hawthorne, El Joven Goodman Brown

EL JOVEN GOODMAN BROWN
NATHANIEL HAWTHORNE

EL JOVEN Goodman Brown salió a la calle de la aldea de Salem cuando el sol se ponía. Pero después de cruzar el umbral introdujo de nuevo la cabeza para cambiar besos de despedida con su reciente esposa. Y Fe, como tan apropiadamente se llamaba, sacó a su vez su linda cabecita, permitiendo que el viento jugara con las cintas rosadas de la cofia mientras llamaba a Goodman Brown.

—Corazón mío—susurró suavemente y con un dejo de tristeza cuando sus labios le rozaron la oreja—, te suplico que postergues el viaje hasta la madrugada y que esta noche duermas en tu cama. A una mujer cuando se queda sola la perturban tales sueños y tales pensamientos, que a veces tiene miedo de sí misma. Te lo ruego, quédate conmigo esta noche, entre todas las noches del año.

jueves, 18 de julio de 2013

Oscar Wilde, Pluma, lápiz y veneno

Pluma, lápiz y veneno
Oscar Wilde

Ha sido constante motivo de reproche contra los artistas y hombres de letras su carencia de una visión integral de la naturaleza de las cosas. Como regla, esto debe necesariamente ser así. Esa misma concentración de visión e intensidad de propósito que caracteriza el temperamento artístico es en sí misma un modo de limitación. 

A aquellos que están preocupados con la belleza de la forma nada les parece de mucha importancia. Sin embargo, hay muchas excepciones a esta regla. Rubens sirvió como embajador, Goethe como consejero de Estado, y Milton como secretario de Cromwell. 

Oscar Wilde, El Gigante Egoísta

El Gigante Egoísta
Oscar Wilde

Cada tarde, a la salida de la escuela, los niños se iban a jugar al jardín del Gigante. Era un jardín amplio y hermoso, con arbustos de flores y cubierto de césped verde y suave. 

Por aquí y por allá, entre la hierba, se abrían flores luminosas como estrellas, y había doce albaricoqueros que durante la Primavera se cubrían con delicadas flores color rosa y nácar, y al llegar el Otoño se cargaban de ricos frutos aterciopelados. 

Los pájaros se demoraban en el ramaje de los árboles, y cantaban con tanta dulzura que los niños dejaban de jugar para escuchar sus trinos. 

miércoles, 17 de julio de 2013

Oscar Wilde, El Ruiseñor y la Rosa

El Ruiseñor y la Rosa
Oscar Wilde
 
-Dijo que bailaría conmigo si le llevaba una rosa roja -se lamentaba el joven estudiante-, pero no hay una solo rosa roja en todo mi jardín.
Desde su nido de la encina, oyóle el ruiseñor. Miró por entre las hojas asombrado. 

-¡No hay ni una rosa roja en todo mi jardín! -gritaba el estudiante.
Y sus bellos ojos se llenaron de llanto. 

-¡Ah, de qué cosa más insignificante depende la felicidad! He leído cuanto han escrito los sabios; poseo todos los secretos de la filosofía y encuentro mi vida destrozada por carecer de una rosa roja. 

domingo, 14 de julio de 2013

Edgar Allan Poe, La máscara de la Muerte Roja

La máscara de la Muerte Roja

La «Muerte Roja» había devastado el país durante largo tiempo. Jamás una peste había sido tan fatal y tan espantosa. La sangre era su encarnación y su sello: el rojo y el horror de la sangre. Comenzaba con agudos dolores, un vértigo repentino, y luego los poros sangraban y sobrevenía la muerte. Las manchas escarlata en el cuerpo y la cara de la víctima eran el bando de la peste, que la aislaba de toda ayuda y de toda simpatía. Y la invasión, progreso y fin de la enfermedad se cumplían en media hora.

Pero el príncipe Próspero era feliz, intrépido y sagaz. Cuando sus dominios quedaron semidespoblados llamó a su lado a mil robustos y desaprensivos amigos de entre los caballeros y damas de su corte, y se retiró con ellos al seguro encierro de una de sus abadías fortificadas. Era ésta de amplia y magnífica construcción y había sido creada por el excéntrico aunque majestuoso gusto del príncipe. Una sólida y altísima muralla la circundaba. Las puertas de la muralla eran de hierro. Una vez adentro, los cortesanos trajeron fraguas y pesados martillos y soldaron los cerrojos.

Edgar Allan Poe, El corazón delator

El corazón delator

Es cierto! Siempre he sido nervioso, muy nervioso, terriblemente nervioso. ¿Pero por qué afirman ustedes que estoy loco? La enfermedad había agudizado mis sentidos, en vez de destruirlos o embotarlos. Y mi oído era el más agudo de todos. Oía todo lo que puede oírse en la tierra y en el cielo. Muchas cosas oí en el infierno. ¿Cómo puedo estar loco, entonces? Escuchen... y observen con cuánta cordura, con cuánta tranquilidad les cuento mi historia.

sábado, 13 de julio de 2013

Agatha Christie, La Actriz

La Actriz
Agatha Christie

El desaliñado individuo de la cuarta fila de la platea se inclinó en la butaca y contempló incrédulo el escenario, entornando furtivamente sus taimados ojos.—¡Nancy Taylor! —masculló—. ¡Válgame Dios! ¡La pequeña Nancy Taylor!


Bajó la vista y miró el programa que tenía en la mano. Había un nombre impreso con letra algo mayor que la del resto del elenco.

—¡Olga Stormer! De manera que así te haces llamar ahora. Te crees una gran estrella, ¿eh, amiga mía? Y debes de embolsarte un buen dinero. Seguro que has olvidado que en otro tiempo tu nombre era Nancy Taylor. Me pregunto que ocurriría si Jake Levitt te lo recordase.

Al concluir el primer acto, cayó el telón. Un caluroso aplauso resonó en la sala. Olga Stormer, la emotiva actriz que había alcanzado renombre en los últimos años, añadía un nuevo éxito a su palmarés con el personaje de Cora en  El ángel vengador.

Edgar Allan Poe, El gato negro

El gato negro

No espero ni pido que alguien crea en el extraño aunque simple relato que me dispongo a escribir. Loco estaría si lo esperara, cuando mis sentidos rechazan su propia evidencia. Pero no estoy loco y sé muy bien que esto no es un sueño. Mañana voy a morir y quisiera aliviar hoy mi alma. Mi propósito inmediato consiste en poner de manifiesto, simple, sucintamente y sin comentarios, una serie de episodios domésticos. 


Las consecuencias de esos episodios me han aterrorizado, me han torturado y, por fin, me han destruido. Pero no intentaré explicarlos. Si para mí han sido horribles, para otros resultarán menos espantosos que baroques. Más adelante, tal vez, aparecerá alguien cuya inteligencia reduzca mis fantasmas a lugares comunes; una inteligencia más serena, más lógica y mucho menos excitable que la mía, capaz de ver en las circunstancias que temerosamente describiré, una vulgar sucesión de causas y efectos naturales.

Horacio Quiroga, El almohadón de pluma

El almohadón de pluma

Su luna de miel fue un largo escalofrío. Rubia, angelical y tímida, el carácter duro de su marido heló sus soñadas niñerías de novia. Lo quería mucho, sin embargo, a veces con un ligero estremecimiento cuando volviendo de noche juntos por la calle, echaba una furtiva mirada a la alta estatura de Jordán, mudo desde hacía una hora. Él, por su parte, la amaba profundamente, sin darlo a conocer.


Durante tres meses –se habían casado en abril– vivieron una dicha especial. Sin duda hubiera ella deseado menos severidad en ese rígido cielo de amor, más expansiva e incauta ternura; pero el impasible semblante de su marido la contenía siempre.


Horacio Quiroga, Para noche de insomnio

Para noche de insomnio

A todos nos había sorprendido la fatal noticia; y quedamos aterrados cuando un criado nos trajo –volando– detalles de su muerte. 


Aunque hacía mucho tiempo que notábamos en nuestro amigo señales de desequilibrio,
no pensamos que nunca pudiera llegar a ese extremo. Había llevado a cabo el suicidio más espantoso sin dejarnos un recuerdo para sus amigos. Y cuando le tuvimos en nuestra presencia, volvimos el rostro, presos de una compasión horrorizada.